Olvídate de crear la mejor de las atmósferas si antes no has creado descripciones, diálogos, narraciones. La novela es un edificio que necesita sus cimientos.
Entonces, vamos más allá: la atmósfera en la novela.

Una atmósfera bien elaborada es la diferente entre una buena novela y una grandísima novela, una obra maestra. Pero primero te voy a mostrar unos ejemplos.
«Cien años de Soledad», de Gabriel García Márquez.
«Pocos meses después de su regreso se había operado en él un proceso de envejecimiento tan apresurado y crítico, que pronto se le tuvo por uno de esos bisabuelos inútiles que deambulan como sombras por los dormitorios, arrastrando los pies, recordando mejores tiempos en voz alta, y de quienes nadie se ocupa ni se acuerda en realidad hasta el día en que amanecen muertos en la cama (…) poco a poco lo fue abandonando a su soledad, porque cada vez se les hacía más difícil la comunicación. Estaba perdiendo la vista y el oído, parecía confundir a los interlocutores con personas que conoció en épocas remotas de la humanidad y contestaba a las preguntas con un intrincado batiburrillo de idiomas.»
Observa cómo el autor escoge, usa y marca los nombres y los adjetivos; elige el tipo de frase, más larga, más corta; combina los conceptos de los nombres logrando un lenguaje abigarrado y continuo, que dibuja un universo igualmente barroco y espeso. De esa forma consigue que el narrador traslade al lector el clima, la atmósfera de desasosiego e irrealidad constante que se respira en Cien años de soledad.
«Muerte en la tarde», de Hemingway.
«El camino hasta la plaza es la parte más penosa del día para el espada. Por la mañana, la corrida es todavía una cosa lejana. Después del almuerzo, es todavía una cosa lejana también, y en seguida, antes que el coche esté dispuesto, está la preocupación de vestirse. Pero una vez en el automóvil o en el coche, la corrida está ya muy próxima y no se puede hacer nada en tanto dura el viaje, apretujados los unos contra los otros. Hasta llegar a la plaza. Si van tan apretados, es porque la parte superior de la chaquetilla del torero, tanto la que lleva el espada como las de los banderilleros, son gruesas y sobrecargadas en los hombros, y esa es la razón de que aparezcan apiñados unos contra otros cuando van vestidos con sus trajes de luces en el coche. Hay algunos que sonríen y reconocen a los amigos por el camino; pero casi todos llevan un aire impasible y reservado.«
Aquí el escritor usa el estilo periodístico y escribe el párrafo bajo la fórmula de crónica diaria tan usada en los periódicos (el escritor era periodista de oficio), con la cual a través de adjetivos muy medidos acompañados de “muy, tan, algunos, todos” en frases cortas al principio y, cuando comienza la descripción, las frases se alargan usando muchas acotaciones entrecomilladas, con lo que consigue marcar un ritmo de calma y lejanía, y como al aproximarse el momento, aumenta los adjetivos que crean una atmósfera de inmediatez, de inevitabilidad, de angustia y drama dentro de un estilo que guarda la fórmula de crónica periodística toda la novela. Parecería una contradicción; usar una formula de periodismo, que en principio debe ser lo más objetivo posible. Y es verdad, en esa contradicción construye Hemingway una obra dramática donde el narrador traslada las emociones y riqueza del ese mundo del toreo, al menos como él mismo lo vivía, la emoción, el recogimiento interior de los toreros, su miedo incluso a estar frente al toro, El lector siento lo que siente el torero dentro del coche, siente lo que sienten los que están fuera, los que se encuentran por el camino; logrando el retrato de un instante en la vida de un grupo social completo.
«Ulises«, de James Joyce.
«Una ciudad entera pasa allá, otra ciudad entera viene, pasando allá también: otra viniendo, pasando. Casas, filas de casas, calles, millas de pavimentación, ladrillos en pilas, piedras. Cambiando de manos. Este propietario, ese. El dueño de la casa no se muere nunca, dicen. Otro se mete en su ropa cuando le llega el aviso de dejarlo. Compran todo el sitio a fuerza de oro y sin embargo siguen teniendo todo el oro. Hay una estafa ahí, no sé dónde. Amontonados en ciudades, erosionados siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas sobre pan y cebolla. Esclavos. Muralla de la China. Babilonia. Grandes piedras que han quedado. Torres redondas. El resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas, las casas de Kerwan saliendo como hongos, construidas de viento. Refugio para la noche.
Nadie es nada.
Esta es realmente la peor hora del día. La vitalidad. Apagada, sombría: odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado.»

Joyce te muestra otra fórmula muy potente para crear atmósfera. El narrador en primerísima persona y un estilo de frases cortas muy nítido, predominante, apenas hay adjetivos, pero si muchos nombres en sus descripciones íntimas e inmediatas. Parece que el narrador se esté confesando en voz alta, que escriba como habla, sin pensar mucho, solo enumerando las sensaciones que le provoca el paisaje que ve como un pasajero a través de la ventanilla de un autobús. Es principal para el autor que el narrador consiga que el lector se sienta tan abrumado como aquel que describe. La ultima frase es el mejor botón y te la repito aquí; me siento como si me hubieran comido y vomitado, o cómo lograr la mejor atmósfera para tu novela en nueve palabras.
Sí, lo sé: muy bonitos los ejemplos… Pero, estás esperando que te describa exactamente cómo transformas tu novela en una joya excepcional creando esa atmosfera narrativa que deseas para tu obra.
¿Qué es la atmósfera narrativa, el ambiente, el clima en el que se desenvuelve tu novela?
Es un hilo de seda de araña en el que se cobija y en torno al que se construye todo el texto. La atmósfera narrativa es un clima emocional, psicológico, que el autor instala dentro del narrador y que, desde allí, sale del mismo narrador para trascenderlo y extenderse a través de todos los elementos de la narración del texto, formando parte de ellos para ser parte de la forma en la que se presenta la historia y, por tanto, en la forma en la que el lector recibe la obra.
Piensa e imagina esa última frase de Joyce: Me siento como si me hubieran comido y vomitado.
Imagina que llevases un sentado frente a la hoja en blanco, los dedos en el teclado, la luz de la pantalla castigándote los ojos, pidiendo una letra y otra y otra, retándote, y de pronto tus dedos presionan las teclas y, en un segundo, aparece esa frase en la pantalla; la primera frase de tu novela.
Sería una gran suerte y un favor de las musas, porque solo tendrías que “tirar del hilo”, recordar esas palabras cada vez que te surgieran dudas sobre cómo sostener el clima, la atmósfera perfecta para tu novela.
¿Cómo se “tira del hilo” para lograr la mejor atmósfera para tu novela?
- Has de usar el lenguaje, los nombre, los adjetivos, los verbos, su semántica original o la que puedas crear uniéndolos a otras palabras, para lograr trasmitir el tipo de atmósfera que estés buscando.
- Has de desarrollar las descripciones usando el lenguaje como hemos visto en el párrafo anterior, con el norte del tono que has elegido para la atmósfera que buscas. Frases cortas, frases largas, puntuación… párrafos cortos o largos.
- Has de construir los personajes pendientes de la nube atmosférica que tienes dando vueltas en tu cabeza y que quieres que impere en el texto, esa en la que el lector va a entrar sin posibilidad de abandonarla hasta el punto y final. Pero recuerda, es una atmósfera, no es un grillete de hierro en torno al cuello de tus personales, es algo etéreo que les influye en sus movimientos, que les rodea, pero que les deja moverse y tomar acción. Escoge al narrador que quieres para novela sabiendo que también es un elemento que va a influir y ser influenciado por la atmósfera que escogerás para tu obra.
- No descuides el trabajo de fondo. Relee los libros cuya atmósfera te haya impactado más y aprende de esos autores. Toma notas, siempre, toma notas.

Cuando el clima, el aire de tu novela, cuando esa atmósfera narrativa está bien cuajada, se convierte en el ingrediente más perceptible y distintivo de tu obra, en el elemento más evocador para el lector. Una vez dentro de esa atmósfera, el lector se identifica directamente con tus personajes, entra en tu historia y ya no se irá; recordará lo que sintió cada vez que alguien le mencione tu novela. Ese es el efecto que tiene, y ahí es donde reside el valor de conseguir una buena atmósfera narrativa.
Tú puedes construir la genialidad de tu propia atmósfera en la historia de tu novela.