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Carmen y Antonio: un relato por encargo para su boda

Sí, una pareja de novios me pidió un relato sobre ellos. Carmen quería que el reportaje de su boda —las fotos, el vídeo— fuese acompañado de un texto personalizado. Hasta el día en que nos conocimos, tenía en mente escribirlo ella misma con ayuda del propio novio y sus familiares.

Vuestra historia romántica también puede convertirse en literatura.

Coincidimos en un taller de escritura de guion. Allí, viendo algunos trabajos breves del profesor e intercambiando impresiones, no pudo evitar hablar de lo que le tenía sorbido el seso en esos meses: la preparación de su boda.

Se mostraba encantada de conocer a escritores de todo tipo y comentó lo que quería hacer para su boda, aunque le estaba costando porque nada de lo que se le ocurría le gustaba. Sus familiares la animaban una y otra vez a quedarse con la fórmula clásica: fotos, vídeo, rótulos de presentación; que se centrase en elegir una buena música para el vídeo de la boda y poco más. En ese momento, algo en mí se rebeló y solté un: “Te mereces tu propia historia de boda”.

Carmen se me quedó mirando y dijo: “¿Sería algo así como un relato por encargo?”

Solo asentí con la cabeza y sonreí, porque ya sabía lo que vendría después, aunque fuese la primera vez que me enfrentaba a un reto así.

Escribir el relato por encargo de la historia de una boda.

Cuando viajaba en el metro de Madrid para asistir a las clases de la universidad, miraba los zapatos de la gente en el vagón, sus gestos, sus expresiones. Me fijaba en sus movimientos y sentía que estaba en medio de una mina de historias esperando a ser contadas. Historias de gente que parecía ordinaria, pero que nunca lo era. Querer escribir cada relato de cada persona me hacía sentir que podía retirar la capa aparente de normalidad y revelar en cada cual algo extraordinario, porque en realidad lo eran. Todo dependía de quién miraba, y yo miraba con el alma de escritora. Daba igual el trayecto, daba igual a dónde fuera: las historias me rodeaban a cada momento. Estaba dispuesta a escribir historias de vida, relatos por encargo para quien me lo pidiese. Todos guardamos nuestros relatos, nuestras historias.

Le pasé a Carmen relatos y colaboraciones para que me conociera antes como escritora. Luego, su novio, Antonio, estuvo de acuerdo y acepté el encargo. Escribiría la historia de su boda.

Nos citamos los tres delante de un chocolate con churros memorable, que nos reconfortó y relajó para hablar con confianza. No les había sido fácil tomar la decisión de casarse por cuestiones familiares y, en parte, económicas. Era un esfuerzo en todos los sentidos, pero ambos creían en el matrimonio y querían formar una familia.

Supe por qué eligieron esa fecha y no otra, por qué sería en esa iglesia. “Siempre pensé que me casaría por lo civil —confesó Antonio—, pero de pronto solo me imaginaba a Carmen vestida de blanco en el altar de la iglesia a la que íbamos de niños en el pueblo”.

También conocí la rebeldía de Carmen al querer casarse de blanco, sí, pero con pantalones y velo. Cuando se vio vestida así, tal cual había pedido, frente al espejo de la tienda de novias que eligió, agachó la mirada, conteniendo su disgusto, esperando la bofetada de un severo “te lo dije” de su madre. Sin embargo, aquella madre le sostuvo los hombros con cariño y admitió: “Estás preciosa, hija… aunque se nota que no te gusta mucho. Lo que elijas estará bien”. Y resultó que le sentaba como un guante el vestido más barroco, con puntillas andaluzas espectaculares, el mismo que su mirada había renegado más al pasear frente al escaparate antes de entrar. Cuando su madre se enteró de que yo escribía la historia de la boda de Carmen, me exigió: “Dile que ponga lo de la cara que pusiste al verte en pantalones de satén y velo”.

Dato a dato, Carmen y Antonio me hablaron de las cosas que creían importantes en la vida, de cómo miraban al futuro y de cómo se imaginaban ese texto que acompañaría y explicaría un día tan importante como su boda.

Y el día señalado, por supuesto, ahí me tuvieron, junto a los fotógrafos, para preguntar a los invitados cuestiones que los novios habían ideado o que se me ocurrían según transcurría la jornada. Recopilaba material para cumplir con el encargo de escribir la historia de su boda.

Tres semanas más tarde, envié el relato por encargo a Carmen. Como no había contestado al correo, creí que no le había gustado. Me llamó al día siguiente. Al otro lado del teléfono la oí decir: “¿Todas esas cosas que cuentas? Fue mucho más bonito de lo que yo recordaba. Estaba como en una nube, no me enteraba de muchas cosas que sí pasaron y que has escrito… ¡Y cómo lo cuentas! Has hecho que me sienta más especial, y cada vez que lo lea volveremos a sentirnos así. Era eso lo que quería: la historia de mi boda convertida en literatura”.

Siguió y siguió hablando, sin poder parar de trasladarme detalles, sensaciones, anécdotas…

Aún le advertí que, con todo lo que me había contado en nuestra última conversación, haría una última modificación, que le envié poco después.

La historia de la boda de Carmen y Antonio fue una oportunidad inesperada. Ya había escrito para ocasiones de amigos y familiares, pero fue la primera vez que lo hacía como un relato por encargo en toda regla, y más aún para escribir la historia de una boda. Creí que a alguien se le habría ocurrido antes. Investigué, pero no encontré nada parecido. Por lo que a mí respecta, fue una idea de Carmen.

Después llegaron los relatos por encargo de las amigas de Carmen, de conocidos que me lo pedían, del boca a boca que se extendía.

Así llegamos a este punto, en el que volví a llamar a Carmen. Hacía años que no coincidíamos. Quería preguntarle qué le parecía que contase cómo nos conocimos y cómo, gracias a ella, empezó mi andadura como escritora de relatos por encargo y de historias de bodas. No lo dudó: “¡Estupendo! Y en tu honor, este fin de semana me voy a preparar un buen chocolate para repasar el álbum de la boda y releer la historia de mi boda”. Y Antonio no se lo va a perder, porque este fin de semana dejamos a los niños con sus padres… Eso último me lo confió entre risitas y susurros. Y añadió: “Tú ya me entiendes… ¡Ja, ja, ja!”.

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Nieves - Mujer Escritora

Soy escritora, periodista, profesora, librera, vendedora. Entiendo a las personas porque las escucho. Tengo un don para redactar, escribir adaptándome a lo que el texto necesita, da igual la naturaleza de lo escrito.